Antonia Rey, que vive en el segundo piso de un edificio en la avenida Argentina, no olvidará fácilmente la tarde del incendio. Todo comenzó con unos golpes ensordecedores que resonaban como si estuvieran tirando todos los muebles. «Algo estaba pasando aquí», pensó, mientras su corazón se aceleraba al escuchar el estruendo desde arriba.
Era alrededor de las 15:45 horas cuando las llamas se originaron en un patinete eléctrico que estaba guardado en el tercer piso, donde residen varios repartidores de comida a domicilio. La situación era crítica y pronto, Antonia se encontró rodeada de vecinos que bajaban apresurados por las escaleras. Un joven del piso superior gritaba: «¡Hay fuego, hay fuego!»; y esa advertencia fue suficiente para poner a todos en alerta máxima.
El miedo y la tensión invaden el edificio
La mujer recuerda cómo el inusual movimiento de personas en su edificio había generado ya varias quejas. “Constantemente entraban y salían, incluso a horas intempestivas. A veces creía que intentaban abrir mi puerta a las dos de la mañana”, relata Antonia, quien conocía solo de vista a algunos inquilinos del piso afectado.
A medida que los bomberos llegaban y comenzaban a sofocar el fuego, una nueva preocupación surgió: el agua utilizada para apagar las llamas empezaba a filtrarse hacia su hogar. Aunque los bomberos le sugirieron quedarse allí, ella decidió pasar la noche en casa de su hija. “He puesto toallas en el suelo y todo”, explica con resignación.
Pese al susto vivido y los daños por agua que podía haber sufrido su vivienda, Antonia se siente aliviada: «Gracias a Dios no ha pasado nada grave». Espera poder regresar este domingo a casa, donde parece que apenas queda rastro del humo. Una historia más que queda grabada entre las paredes de ese edificio y un recordatorio del peligro latente al que están expuestos muchas comunidades.

