Era una mañana tranquila en Buscastell, pero todo cambió cuando la Policía Local de Sant Antoni de Portmany y la Guardia Civil decidieron poner fin a una fiesta que había atraído a unas mil personas. Esta celebración clandestina, que se había promocionado por redes sociales, despertó las quejas de los vecinos debido al ruido ensordecedor y el aparcamiento masivo de coches en zonas rústicas.
Al llegar, los agentes no podían creer lo que veían. Había tres patrullas de la Policía Local y otras tres de la Guardia Civil colaborando en un operativo que parecía sacado de una película. Los organizadores habían montado un auténtico circo logístico: desde puntos de encuentro para transportar a los asistentes hasta la finca, hasta aseos portátiles y generadores eléctricos. Todo estaba diseñado para dar cabida a esta locura.
Una fiesta desmesurada
Cuando los agentes accedieron al lugar, encontraron un espectáculo digno de mención: cerca de mil personas con pulseras identificativas disfrutando entre diferentes ambientes musicales, barras repletas de bebida e incluso un tiovivo portátil. A su alrededor, ambulancias y personal sanitario estaban listos para cualquier eventualidad. Era como si el sentido común hubiera sido tirado a la basura.
El técnico municipal encargado del evento levantó acta por infracciones graves a la Ley 7/2013 sobre actividades en las Islas Baleares. Y no solo eso; se está investigando si hubo más irregularidades por celebrar este evento en suelo rústico. La fiesta fue cortada por lo sano antes de lo previsto y los asistentes comenzaron a marcharse poco a poco.
A medida que avanzan las investigaciones, queda claro que organizar algo así no es cuestión solo de diversión; hay responsabilidades serias detrás. ¿Cómo es posible que lleguemos a este punto? Ibiza ha sido siempre sinónimo de fiesta, pero esto ya es llevarlo demasiado lejos.

