El 14 de febrero de 1992, lo que debería haber sido una celebración del amor en Palma se tornó en un escenario desgarrador. En el oscuro callejón de Gomila, un marroquí llamado Hassan, con tan solo 24 años, perdió la vida a golpes. Casado y padre de dos pequeños, uno apenas un bebé de 15 meses, su historia se ha convertido en un relato inquietante donde la línea entre la defensa propia y el crimen se desdibuja.
La jungla nocturna de Gomila
Aquella madrugada, alrededor de las dos, los servicios de emergencia recibieron una llamada alarmante: un joven había sido apaleado y su estado era crítico. Era Hassan, quien tras recibir una brutal paliza fue trasladado al hospital con lesiones severas en la cabeza. Lo que antes era un lugar lleno de vida y diversión para miles de jóvenes durante el fin de semana había empezado a transformarse en una auténtica selva urbana. Gomila era conocida por sus pubs repletos no solo de fiesta sino también de conflictos entre bandas rivales.
En esos tiempos convulsos, altercados eran moneda corriente. La policía intentaba mantener el orden, pero los incidentes siempre superaban sus esfuerzos. Esa noche fatídica no fue diferente; nadie se sorprendió al escuchar sobre otro altercado violento en aquel lugar tenebroso.
Todo cambió cuando Hassan llegó a Son Dureta y poco después falleció. Las investigaciones comenzaron lentamente; la falta de testigos complicó todo hasta que apareció Ben, su amigo desaparecido. Su testimonio reveló que habían sido atacados con un “puño americano”, arrojando luz sobre lo ocurrido.
El caso pasó a manos del Grupo de Homicidios que empezó a interrogar a los dueños de los bares cercanos. Así fue como Francisco, un boxeador retirado y propietario del bar donde supuestamente ocurrió todo, terminó entregándose a las autoridades con una versión muy distinta: él alegaba haber sorprendido a Hassan y Ben robando. Según su relato, tras echarlos fuera hubo un intercambio violento donde incluso se usaron objetos como cubos o navajas.
Francisco insistió en que nunca tuvo intención fatal; simplemente actuó instintivamente tras ser agredido. Tras escucharle y revisar las pruebas presentadas por la policía, el juez decidió dejarlo libre con cargos mientras el debate estallaba entre los ciudadanos: ¿defensa propia o asesinato? Un dilema moral complicado que seguía resonando por las calles.

