En Palma, la prostitución no ha desaparecido, pero se ha vuelto casi invisible. Las organizaciones que forman parte de la Red de Atención a Personas en Entornos de Prostitución (Xadpep) han observado cómo esta actividad se ha ido trasladando poco a poco desde los clubes y las calles hacia pisos, casas privadas y ofertas que circulan por Internet. Esta situación complica enormemente la labor de las entidades que intentan acercarse a estas mujeres para ofrecerles el apoyo que tanto necesitan.
Un panorama preocupante
Este lunes, Lourdes Roca, la regidora de Serveis Socials del Ayuntamiento, presentó los datos del 2024. La red trabaja codo con codo con Casal Petit, Cruz Roja y Médicos del Mundo; juntos atendieron a 1.542 personas el año pasado, lo que supone un incremento del 11% respecto al año anterior. Y aquí hay algo importante: la mayoría son mujeres y más de la mitad eran casos nuevos.
Los números reflejan una clara tendencia: el consumo de prostitución en Palma se está deslocalizando. Si antes predominaba la oferta en clubes y en la calle, ahora nos encontramos con espacios mucho más invisibles como casas particulares y contactos digitales. De hecho, el año pasado el 56% de los casos atendidos estaban relacionados con viviendas privadas; mientras que las calles representaron solo el 21%. Además, están surgiendo servicios digitales que han crecido hasta un 11%, aunque el uso de webcams apenas representa un 1%.
La Xadpep identificó hasta 87 puntos específicos en Palma donde se ofrece prostitución; sorprendentemente, ¡el 95% son lugares cerrados! Con la llegada del turismo, también aumenta la demanda: «Una parte del turismo que llega busca este tipo de servicios», afirman las entidades implicadas.
En cuanto a las mujeres atendidas, su edad media es de 37 años y una tercera parte está entre los 25 y los 44 años. Lamentablemente, también se registró un caso preocupante: una menor involucrada en esta situación. La mayoría son extranjeras; un asombroso 95% provienen fuera de España y muchas enfrentan situaciones irregulares que les impiden acceder a ciertos servicios públicos.
Pese a todo esto, lo más alarmante es la vulnerabilidad común entre ellas. Muchas viven solas o en condiciones precarias; un gran porcentaje vive incluso en habitaciones alquiladas o prostíbulos donde ejercen su actividad. Es crucial recordar que al menos el 68% tiene responsabilidades familiares; muchas utilizan sus ingresos para mantenerlas.
Es evidente que hay mucho por hacer para apoyar a estas mujeres atrapadas en una realidad complicada e invisible para muchos.

