El pasado 24 de junio, cuando el reloj marcaba las seis de la tarde, un fuerte terremoto de magnitud 7,2 seguido por otro aún más potente de 7,5 hizo temblar los cimientos de Venezuela. La sierra de Aroa se convirtió en el epicentro de este desastre natural que ha dejado a su paso una estela de destrucción y miedo en varios estados, incluyendo la capital, Caracas.
Las noticias no son nada alentadoras. Según el vicepresidente Diosdado Cabello, hay muchas estructuras en riesgo de colapsar. Las autoridades han comenzado a movilizar a los cuerpos de seguridad para atender las emergencias que están surgiendo como setas después de la tormenta. El Ministerio de Comunicación ha hecho un llamado claro a la población: «mantener la calma y buscar refugio en espacios abiertos». Pero, ¿cómo se puede estar tranquilo cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies?
A medida que se despliegan los equipos
Mientras tanto, las medidas preventivas no se han hecho esperar. Han decidido cortar el gas directo en algunos edificios dañados porque la situación es más crítica de lo que parece. Y aunque Cabello ha compartido cifras alarmantes sobre magnitudes y daños, hasta ahora Funvisis, la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, no ha proporcionado detalles adicionales. En cambio, el Servicio Geológico de EEUU (USGS) ha hablado claro: «es probable que haya un elevado número de víctimas y daños».
A medida que pasan las horas desde aquel fatídico momento, crece la incertidumbre sobre qué más podría suceder. Se habla incluso de réplicas con fuerza suficiente para volver a asustar a una población ya muy golpeada por diversas crisis. En medio del caos y del temor palpable, lo único que podemos hacer es unirnos como comunidad y afrontar lo que venga.

