En la plaza de Cort, hay un viejo amigo que ha estado ahí durante siglos: el reloj de En Figuera. No es solo un mecanismo que mide el tiempo; es un latido constante que ha marcado las horas de nuestras vidas, acompañando desde los momentos de alegría hasta los más críticos. Este reloj se ha convertido en un testigo silencioso y fiel de la historia compartida por todos los palmesanos.
El historiador Pere Galiana, con su libro En figuera i la seva resurrecció, nos lleva en un viaje fascinante a través del tiempo, donde revive la vida y la muerte de este artefacto único. Desde sus orígenes medievales hasta nuestros días, este reloj no solo ha sido una pieza maestra compuesta por campanas y engranajes; es también una historia de desaparición y resurrección.
El regreso inesperado
Cuando parecía que En Figuera caía en el olvido, apareció Fernando Fernández, un relojero humilde que decidió luchar por su rescate. Con manos expertas y mucho cariño, lo devolvió a la vida, convirtiéndolo nuevamente en símbolo del patrimonio ciudadano. La historia comenzó hace siglos, cuando se instaló la máquina original en una torre conocida como Torre de En Figuera. Era 1384 cuando Mallorca decidió adquirirla y darle al pueblo su primer reloj público.
A lo largo de los años, este reloj fue parte fundamental del ritmo cotidiano; sus toques guiaban a hortelanos y serenos por las calles oscurecidas de Ciutat. Sin embargo, el paso del tiempo hizo mella en su maquinaria, llevándolo casi a la extinción. Recuerdo las palabras de Fernando: «En 1960 era un desastre; el minutero caía de golpe». A pesar del cariño que le tenían los ciudadanos, fue declarado irrecuperable.
No obstante, todo cambió en 1964 gracias a Fernández. Con valentía y determinación optó por restaurarlo cuando otros ya habían tirado la toalla. Así fue como las campanas volvieron a sonar para guiar a Palma con su compás inconfundible.

