Era un miércoles cualquiera de julio de 2008 cuando, en la redacción de Última Hora, mi móvil sonó. Al otro lado del teléfono, un hombre con acento gitano se presentó como alguien que tenía una «gran exclusiva» que ofrecerme. Su nombre era desconocido para mí, pero sabía que vivía en Son Banya y había oído hablar de mis artículos sobre el poblado y su gente. Me invitó a un bar en el polígono de Levante, en Palma, para conocer más sobre esta misteriosa noticia.
Un encuentro inesperado
Al llegar al bar, junto a mi compañero Alejandro Sepúlveda, comenzamos a especular sobre quién podría ser esa figura tan importante. Y entonces aparecieron dos hombres; uno de ellos era Juan José Cortés, el padre de Mari Luz, una niña que había sido brutalmente asesinada por un pederasta en Huelva. Su historia no solo había conmovido al país entero sino que lo había convertido en un símbolo de lucha por justicia.
Juan José compartió su tragedia y su nueva misión: recorrer España recogiendo firmas para reformar el Código Penal y exigir penas más duras para los pederastas. Me contó cómo su vida cambió tras perder a su hija y cómo ahora se dedicaba a entrenar a niños y predicar esperanza entre la comunidad evangélica.
En medio de nuestra conversación, hizo un comentario desafortunado confundiendo «pediatras» con «pederastas», lo cual nos hizo reír nerviosamente. A pesar del momento incómodo, lo cierto es que su determinación brillaba más allá del error. Con voz firme afirmó: «Tenemos que conseguir que los pederastas no salgan nunca de la cárcel». Era evidente que estaba decidido a luchar hasta el final.
Después de semanas recorriendo España y recogiendo más de dos millones de firmas, Juan José llevó su causa ante el presidente Zapatero en 2011. Gracias a esa valentía y esfuerzo colectivo, en 2015 se aprobó la prisión permanente revisable para los pederastas. Una victoria significativa para quienes buscan justicia y protección para nuestros niños.

