A principios de los años 90, Palma no era solo sol y playa; era también un escenario donde la heroína marcaba el ritmo de la vida. Cientos de jóvenes caían en sus garras, mientras que otros luchaban por mantenerse a flote. Era una época oscura y peligrosa para muchos, y así lo recuerda un antiguo alto mando policial: «Era la ley de la selva. Un sálvese quien pueda».
En medio de este caos, había comerciantes en las calles Sindicato, Galerías Velázquez y Porta de Sant Antoni que vivían aterrorizados. Cada día se escuchaban gritos y alarmas; los robos eran pan de cada día. Y ahí estaba Celedonio, un entrañable vendedor invidente de la ONCE, conocido por todos y querido en su barrio. Su rutina diaria consistía en vender cupones al lado de la papelería Planells, ajeno a lo que le esperaba el 8 de mayo de 1992.
Una tarde trágica
Aquel viernes por la tarde, con unas 60.000 pesetas –unos 360 euros actuales– en su cartera, Celedonio no sospechaba que dos peligrosos delincuentes lo tenían en el punto de mira como si fuera una presa fácil. Se acercaron sigilosamente; uno le arrebató la cartera mientras el otro sacaba un cuchillo y le apuñalaba brutalmente por la espalda. Fue una escena aterradora: Celedonio gritó pidiendo ayuda mientras caía al suelo gravemente herido.
La reacción fue inmediata; algunos comerciantes corrieron a socorrerlo al escuchar sus alaridos. En cuestión de minutos llegó una ambulancia que lo trasladó a toda prisa al hospital Son Dureta. Allí los médicos realizaron una intervención urgente y se dieron cuenta de que el daño no fue tan severo como parecía; afortunadamente no afectó su pulmón.
A pesar del alivio médico, Celedonio quedó profundamente marcado por aquel ataque gratuito e injusto. Mientras tanto, los delincuentes huyeron hacia el barrio chino sin mirar atrás.
La indignación entre los vecinos creció como espuma tras este incidente; muchos consideraron que era hora de poner fin a esta oleada criminal. Los atracos estaban desatados y las calles eran cada vez más inseguras; pasear se había convertido en un juego arriesgado para cualquiera. «El ataque a Celedonio fue el punto crítico», comentaban los comerciantes impotentes ante la situación.
Algunos incluso llegaron a proponer patrullas ciudadanas para protegerse ante tanta impunidad. Recordaban cómo los vecinos del barrio Sa Calatrava habían tomado cartas en el asunto cuando sintieron que nadie más podía hacerlo por ellos.
Poco después del asalto a Celedonio, las autoridades aumentaron las patrullas policiales durante unos días como respuesta inmediata; pero esa calma duró poco tiempo antes de regresar al descontrol habitual.

