La temporada turística ha comenzado y, como cada año, los cruceros empiezan a llenar el puerto de Palma. De repente, las calles se ven invadidas por un ejército de visitantes con sus sombreros y mochilas. Cada rincón es testigo de este desfile que, aunque para muchos es una celebración, para otros representa un desafío. Los residentes observan cómo estos turistas recorren la ciudad sin notar las pintadas que claman contra su presencia.
Deborah, una turista londinense que lleva solo tres días en la isla, se detiene en la Plaça de Cort para compartir su experiencia. «No he visto ninguna pintada», dice con seguridad. A pesar del debate sobre si limitar el turismo o no, ella defiende el derecho al libre movimiento: «Sería imposible restringirlo; eso sería como vivir en un estado policial».
Tensión entre turistas y locales
En su camino hacia la Catedral de Palma, los grupos guiados hacen que lo que normalmente sería un paseo rápido se convierta en un verdadero deporte de riesgo. Los turistas distraídos parecen ajenos a las voces críticas plasmadas en las paredes. Y es que allí mismo, entre fotos y selfies, encontramos a seis alemanas hablando sobre su experiencia: Rina, Anke, Karin, Guida, Kerin y Anja coinciden en algo fundamental: «¡Hay demasiados turistas!». No obstante, ellas también comprenden la frustración local por el encarecimiento de la vida y los precios desorbitados.
A medida que avanzan sus días en Palma y escuchan el murmullo del mar desde donde se asoman al puerto algunos alemanes más jóvenes como Aleksandra y Patrick Lukosz, reflexionan sobre cómo esta situación no es exclusiva de Mallorca. Ellos comparan lo vivido aquí con lo que ocurre en Canarias: «Entendemos el enfado de los residentes porque la vida se vuelve más cara». Por ello han optado por alojarse en hoteles tradicionales.
Así va transcurriendo la temporada alta mientras tanto algunos disfrutan del sol y otros levantan la voz pidiendo atención a sus preocupaciones. La convivencia entre ambos mundos sigue siendo un reto constante.

