La historia que se desenvuelve en La Vileta es de esas que nos dejan sin aliento. En la tercera y última sesión del juicio, un joven de nacionalidad rumana se sentó frente a la Audiencia de Palma, acusado de haber provocado un incendio en su propia casa. Pero él lo niega rotundamente. “Aquella noche había bebido mucho y, al encenderme un cigarro, una manta del niño empezó a arder. Mi pareja lo apagó y se marchó”, cuenta con voz temblorosa.
Su relato continúa con una escena escalofriante: “Fui al baño a intentar despejarme y al salir me encontré con todo lleno de humo y el sofá ardiendo”. A pesar del caos, asegura que no tenía intención de escapar; simplemente esperaba fuera tras intentar apagar el fuego con agua. “No podía llamar a nadie porque mi móvil quedó dentro”, explica mientras mira al suelo, como si las palabras pesaran más que los propios hechos.
Una discusión fatídica
Los testimonios son inquietantes. Un perito de la Policía Nacional narró que, al llegar a la vivienda, encontró a la pareja del acusado angustiada, quien le confesó que había tenido una fuerte discusión antes del incidente. “Ella me dijo que él había prendido fuego a la manta tras amenazarla”, relata el agente.
Y aunque el foco principal del fuego estaba claramente identificado en el sofá, también quedó claro que las llamas no se extendieron tanto como pudieron hacerlo. Según el policía, el riesgo para los vecinos fue bajo, pero eso no quita lo grave de la situación ni las disculpas sinceras que ofreció el joven a quienes resultaron afectados: “Me arrepiento por lo sucedido con mis vecinos y los policías”.
En medio de esta tormenta emocional, queda una pregunta flotando en el aire: ¿hasta dónde pueden llevarnos nuestras decisiones? Cada uno tiene su versión y cada historia tiene múltiples caras.