La situación en Palma está empezando a parecerse cada vez más a un mal sueño del que no sabemos cómo despertar. Nos lo cuentan los vecinos, como Ferran Portella, que no duda en señalar: “Nos estamos venecianizando, nos están echando del lugar donde hemos crecido porque ya no podemos vivir aquí”. Es un grito desesperado que resuena en cada rincón de la isla.
Una crisis que no entiende de fronteras
Y es que la realidad es dura. Comprar una casa en Palma hoy puede costar casi lo mismo que hacerlo en grandes capitales europeas. ¿Qué está pasando? Los precios suben mientras nosotros intentamos hacer malabares para llegar a fin de mes. Es una burbuja inflada por el monocultivo turístico que está dejando a muchos sin hogar y sin opciones.
Ayer, el eco de alarmas llegó desde Campos y ses Salines, donde advirtieron sobre la potabilidad del agua. El exceso de sodio es sólo otro síntoma de una isla desbordada por problemas estructurales.
El gobierno parece cerrar las puertas a soluciones reales. La gente clama por alternativas viables mientras se enfrenta al espectro de un futuro incierto. A veces parece que estamos atrapados en un juego donde los únicos perdedores somos nosotros.

