Entre el bullicio de las nuevas construcciones y los lujosos apartamentos que empiezan a dominar la escena, se encuentra un pequeño rincón que se resiste al paso del tiempo: el poblado de Gesa. Este enclave, escondido entre grúas y andamios, nos recuerda una Palma que parece lejana. Con sus bloques de viviendas, que alguna vez fueron hogar para los trabajadores de la empresa eléctrica, hoy este lugar parece ser un testigo silencioso del cambio. Como bien dice uno de sus vecinos más antiguos, «de los vecinos de aquella época, deben quedar 8 o 9, como mucho». Es curioso cómo el barrio ha ido transformándose; aunque aún hay quienes mantienen vivo el espíritu del lugar.
La esencia perdura entre nuevos horizontes
Aquellos primeros habitantes formaron parte del crecimiento ordenado de lo que hoy conocemos como Nou Llevant. Al caminar por sus calles, es fácil sentir el eco del pasado; sin embargo, la realidad actual es otra. «El barrio es muy diferente», comenta otro vecino con nostalgia. Y no es para menos; los viejos tiempos han sido reemplazados por lujos y exclusividad, mientras ellos siguen aquí, intentando adaptarse a un entorno que ya no reconocen.
A pesar de todo, Gesa sigue en pie. Sus edificios modestos y su ambiente familiar contrastan con las imponentes construcciones modernas que los rodean. Los niños que antes jugaban alegremente en sus calles ahora ven cómo esos espacios se convierten en sombras frente a la vorágine urbanística. El silencio y la tranquilidad parecen haber abandonado este barrio, dejando atrás una esencia vibrante.
Así es Gesa: una resistencia ante un mundo cada vez más ajeno y excluyente. Mientras algunos tiran a la basura la memoria colectiva en nombre del progreso, estos vecinos sostienen con fuerza su historia y su comunidad. Porque aunque el paisaje cambie radicalmente, ellos continúan allí, recordándonos quiénes fueron y qué significó este lugar en el pasado.

