Frente a la antigua cárcel de Palma, donde los últimos ‘supervivientes’ luchan por mantener sus hogares en medio del desalojo, se dibuja otra cara de la ciudad: un asentamiento que revela el drama del sinhogarismo. En la periferia de nuestra capital mallorquina, mientras algunos esperan su destino tras las rejas de la vieja prisión, otros han encontrado refugio en condiciones inimaginables.
Un espacio olvidado y habitado
Junto al acceso a la Vía de Cintura, bajo el puente que sobrevuela la autovía, se puede ver cómo la vida sigue adelante, incluso en los rincones más inhóspitos. Restos de comida esparcidos, un carrito de supermercado abandonado y garrafas de agua son solo algunas huellas del día a día. Un cartón colocado en el suelo sirve como cama improvisada para quienes se ven forzados a dormir entre el ruido del tráfico y el abandono total.
A medida que uno se adentra en este terreno desolador, otro espacio aparece; un colchón raído y más cartones nos cuentan historias no contadas. Cada rincón refleja la desesperación por encontrar un sitio donde poder vivir con dignidad. Este asentamiento no está solo; es parte de una realidad mucho más amplia que se repite en varios puntos cercanos. La Vía de Cintura actúa como imán para muchos que buscan refugio bajo puentes o en zonas olvidadas por las autoridades.
La situación es alarmante y exige nuestra atención. ¿Qué tipo de sociedad somos si permitimos que esto suceda justo bajo nuestras narices? Mientras unos luchan por sobrevivir en condiciones infrahumanas, nosotros debemos reflexionar sobre cómo podemos cambiar esta historia.

