El mercadillo de Son Fuster, un lugar que debería ser un punto de encuentro para los comerciantes y los vecinos, se ha convertido en un escenario de quejas constantes. Este pasado sábado, la situación era palpable: algunos vendedores legítimos no podían evitar sentir que su esfuerzo se estaba tirando a la basura.
Al llegar al espacio habilitado en la carretera vieja de Bunyola, justo frente al Polígono de Son Castelló, se toparon con una realidad frustrante. A pesar de los intentos del Ajuntament y la Policía Local por controlar el intrusismo, estos comerciantes siguen denunciando que hay personas esperando a que lleguen para hacerse con un sitio. «Se ponen detrás tuya y se cuelan… y los placeros no hacen nada», comenta indignada una vendedora local. Es injusto que quienes cumplen con las normativas tengan que competir con aquellos que llegan sin avisar.
Un descontrol evidente
Lo más alarmante es cómo este problema se ha vuelto habitual. Muchos vendedores aseguran haber llegado incluso a las 6 de la mañana solo para encontrar a otros ya instalados en sus puestos o esperando como si nada. Y así pasa cada fin de semana; mientras unos luchan por mantener todo en orden, otros aprovechan el descontrol y montan su negocio como si fuera lo más normal del mundo.
No es fácil para ellos lidiar con esta situación. Recuerdan cómo funciona el sistema: los vendedores ambulantes pueden participar un mínimo de un sábado al año y hasta treinta, pero eso no les da margen para cambiar sus fechas elegidas ni recuperar el dinero si no asisten. Es un sistema rígido para quienes quieren trabajar legalmente.
Aún así, entre risas amargas, muchos empiezan a pensar que tal vez deberían actuar como esos intrusos y montar sus puestos donde les plazca, saltándose también las reglas. «A este paso, nos pondremos por ahí por libre y tampoco pagaremos», advierten entre resignación e indignación. La comunidad merece algo mejor en este mercadillo tan querido; está claro que algo debe cambiar antes de que sea demasiado tarde.

