La Cafetería Avante ha sido, durante más de dos décadas, un punto de encuentro ineludible en el barrio de El Vivero. María Russolillo y Pep Payeras han estado al frente de este emblemático local, donde no solo servían deliciosas croquetas de porcella, sino que también tejían lazos con cada uno de sus clientes, convirtiéndolos casi en parte de su familia. Pero el pasado domingo, la persiana se bajó por última vez y con ella se llevó un pedazo del alma del barrio.
Un cierre lleno de emociones y recuerdos
En una esquina privilegiada, justo enfrente de la iglesia parroquial, este local ha sido testigo del ajetreo diario de los vecinos y ha acogido a muchos visitantes que venían desde distintos rincones de Mallorca para disfrutar de sus especialidades. Con un nudo en la garganta, Pep compartió: «Al final, nuestros clientes se han convertido en familia». Y es que 21 años no son solo números; son historias compartidas y momentos vividos que ahora quedan grabados en el corazón.
Los motivos detrás del cierre son personales. La salud le ha jugado una mala pasada a Pep, quien con firmeza afirmó: «Lo primero es lo primero». Junto a su esposa e hijo comenzó a recoger los recuerdos y los objetos que fueron parte integral de su vida. Allí estaban las variats, el arrós brut, las paellas dominicales… ¡Cuántas memorias concentradas en esos platos!
Pep recordaba cómo gente venía incluso desde otros pueblos solo para encargar esas croquetas tan célebres: «Era una tradición para muchos», decía mientras pensaba en aquellos niños que crecieron junto al local y ahora traen a sus propios hijos. Era imposible no sentir nostalgia al escucharle hablar.
A pesar del cierre, Pep lleva consigo el cariño y reconocimiento del barrio. Este establecimiento fue más que una cafetería; fue panadería, refugio para los madrugadores e incluso un escenario para celebraciones colectivas. Ahora El Vivero siente ese vacío, ese eco silencioso tras la puerta cerrada.
Pep reflexionó sobre lo bien que habían hecho las cosas durante todos estos años: «Algo habremos hecho bien…» concluyó con una sonrisa melancólica. Y aunque ya no habrá más cafés ni risas compartidas entre esas paredes, el legado emocional sigue vivo entre quienes pasaron por allí.

