El pasado 29 de mayo, las Fuerzas Armadas estadounidenses informaron sobre un nuevo bombardeo que acabó con la vida de tres hombres a los que se les acusa de ser narcoterroristas. Esta acción se llevó a cabo en aguas del Pacífico colombiano, una zona conocida por ser un hervidero del tráfico de drogas. El general Francis L. Donovan, al mando del Mando Sur, dio la orden para que la Fuerza de Tarea Conjunta Lanza del Sur ejecutara este ataque letal.
En su comunicado, el Mando Sur afirmó que no hubo bajas entre los efectivos militares estadounidenses durante el operativo. “Nuestra misión es mantener una presión constante sobre los cárteles”, reiteraron desde el CENTCOM. Sin embargo, lo que realmente deja huella son las preguntas sin respuesta sobre la efectividad de estas operaciones. ¿Realmente están logrando frenar el flujo de cocaína hacia Estados Unidos?
Un ciclo sin fin
A pesar de estos esfuerzos bélicos, expertos en salud pública afirman que conseguir cocaína en muchas partes de Estados Unidos es tan fácil como antes de iniciar los ataques aéreos. Un estudio reciente titulado ‘Costos de la Guerra’ realizado por la Universidad Brown revela cifras alarmantes: los precios en las calles y las sobredosis fatales siguen siendo preocupantemente altos.
Además, estos bombardeos han costado más de 4.700 millones de dólares hasta ahora, lo cual incluye un despliegue impresionante de aviones y personal militar. Aunque algunos argumentan que estas operaciones han logrado interrumpir ciertas rutas marítimas y aumentar las incautaciones —más de 230.000 kilogramos en 2025— esos números parecen pírricos ante la realidad escalofriante: Colombia produce anualmente alrededor de 2,5 millones de kilogramos de cocaína.
Así, mientras se siguen lanzando misiles y recursos económicos a esta guerra sin cuartel, nos preguntamos si no sería mejor buscar soluciones más inteligentes y humanas para abordar este problema endémico del narcotráfico.

