En una cálida mañana barcelonesa, el director francés Rémi Bezançon se prepara para hablar de su última película, ‘Asesinato en la 3ª planta’, mientras disfruta de un calimocho. Este cóctel sencillo, que sorprendentemente le ofrecen en el lujoso hotel Casa Fuster, parece simbolizar la esencia del filme que ha creado: divertido y ligero, pero con una profundidad oculta. «Nunca pensé que me servirían esto aquí», bromea al recibirlo.
Un homenaje necesario
Bezançon rinde tributo a Alfred Hitchcock, un maestro del suspense que muchos jóvenes apenas conocen. «Cuando era pequeño, mi abuelo me mostró sus películas. Para mí son como las magdalenas de Proust; cada vez que las veo, regreso a mi infancia y a esos momentos compartidos con él», comparte el cineasta con nostalgia.
A través de su comedia cinéfila, nos recuerda cómo el arte del cine se está diluyendo. “Hoy en día es complicado encontrar sus obras en cines o plataformas”, reflexiona Bezançon. Y es cierto: ¿cómo podemos permitir que generaciones enteras crezcan sin conocer a este gigante del cine?
A pesar de admirar las versiones modernas de Hitchcock hechas por Brian De Palma, Bezançon opta por un enfoque más ligero, similar al estilo humorístico de Woody Allen. «La comedia me ayuda a no tomarme todo demasiado en serio. Hacer un homenaje a Hitchcock desde una seriedad aplastante sería muy complicado».
Con guiños a otros grandes directores como Kubrick y Spielberg, Bezançon presenta su obra como un viaje apasionante por la historia del cine. Y lo mejor es la química entre los protagonistas, Gilles Lellouche y Laetitia Casta. Ambos han creado unos personajes tan entrañables que dejan al público deseando más: “¿Por qué no pensar en una secuela?”, sugiere entre risas.
Cerrando la charla, reflexiona sobre los títulos de crédito en el cine actual. “Los productores creen que son una pérdida de tiempo”, lamenta Bezançon. Esta prisa por ir al grano acaba restando magia a las historias cinematográficas.

