Cultura

El cuadro del Prado que fue un emblema y ahora busca su lugar en la historia

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Hubo un tiempo en el que El año del hambre en Madrid, pintado por José Aparicio en 1818, era el rey del Museo del Prado. Este lienzo no solo acaparaba miradas, sino que se erguía como símbolo de patriotismo y memoria, incluso eclipsando a grandes maestros como Goya. Sin embargo, con el paso del tiempo, su brillo se desvaneció hasta convertirse en una obra olvidada. Ahora, tras un exhaustivo proceso de restauración, el museo ha decidido darle una segunda oportunidad. Miguel Falomir, director del Prado, lo dejó claro: “Queremos llamar la atención sobre piezas cuyo pasado merece ser contado”.

Un regreso esperado

La exposición Una obra, una historia, inaugurada en la sala 66 del edificio Villanueva y disponible hasta el 13 de septiembre, no es solo un intento de recuperar el patrimonio perdido. Es una invitación a redescubrir una pintura que vivió su momento de gloria antes de caer en la sombra por razones políticas. El cuadro representa la hambruna que asoló Madrid durante la Guerra de Independencia; soldados franceses ofreciendo pan a unos madrileños famélicos que prefieren morir antes que aceptar alimento del invasor.

Aparicio utilizó su pincel para reflejar no solo el hambre literal, sino también la lucha por la dignidad y el poder. La inscripción Nada sin Fernando convierte esta escena en un manifiesto absolutista: muestra cómo el sufrimiento colectivo se utilizaba para legitimar al rey Fernando VII.

Carlos G. Navarro, uno de los comisarios de esta exposición junto a Celia Guilarte, recuerda cómo esta obra fue celebrada y admirada cuando el Prado abrió sus puertas hace más de dos siglos. Valorada por encima de Goya mismo, comenzó a incomodar cuando las corrientes sociales cambiaron después de 1868; lo que antes era admiración se convirtió en desprecio.

A día de hoy, El año del hambre en Madrid regresa con sus contradicciones intactas: rescatado pero nunca pacificado. Este retorno no busca devolverle un trono perdido; más bien lo restituye al diálogo actual sobre arte y memoria histórica. Falomir concluye diciendo que “la distancia física con la obra ha cambiado”, recordándonos que a veces las obras olvidadas hablan más alto sobre nuestra cultura que aquellas consideradas clásicas o intocables.

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