Era la una y media de la tarde del 17 de octubre de 1986 cuando, en el Palacio de Beaulieu, todos contuvimos la respiración. Ese momento marcaría un antes y un después para el deporte en España y, sobre todo, para Baleares. En la ciudad olímpica de Lausana se decidía si Barcelona sería la sede de los Juegos Olímpicos de verano en 1992. La competencia era dura; París se erguía como su gran rival y había más obstáculos internos que superar que el propio evento.
Un grito histórico
Juan Antonio Samaranch, quien había asumido la presidencia del Comité Olímpico Internacional en 1980, fue quien pronunció las palabras mágicas: «A la ville de… Barcelona». Ese instante provocó una explosión de alegría no solo en Cataluña, sino en toda España. Barcelona había logrado vencer a otras ciudades como Brisbane o Belgrado. La victoria significaba mucho más que unos Juegos; era el empujón que necesitaba nuestro país para salir del anonimato internacional.
El verano del ’92 cambió por completo nuestra percepción: España emergió como un anfitrión competitivo tras conseguir nada menos que 22 medallas (13 de oro) y Baleares brilló con luz propia al sumar sus primeras preseas: tres oros y una plata en frontenis gracias a Maite Palacios. Recordamos ese 3 de agosto cuando Jordi Calafat hizo historia al llevarse la primera medalla olímpica balear en vela.
En total, once deportistas isleños fueron parte del equipo español aquel año inolvidable, procedentes de Mallorca, Menorca e Eivissa. Desde futbolistas hasta regatistas, cada uno dejó huella en esos Juegos históricos. Entre ellos estaban Paco Soler y Gabriel Vidal en fútbol, así como Joan Seguí, tirador olímpico con cinco participaciones a sus espaldas.
Los Juegos Olímpicos no solo fueron una hazaña deportiva; transformaron Barcelona y proyectaron a España al mundo como un país capaz de organizar este evento monumental. Desde aquel día lluvioso hace casi medio siglo hasta hoy, los ecos del ’92 siguen resonando en nuestras memorias colectivas.

