La carrera de Fórmula 1 en Mónaco nos dejó boquiabiertos. En un escenario donde la tensión se siente hasta el último segundo, Lance Stroll se estrelló contra el muro en Anthony Noghes a falta de 18 vueltas para el final. Pero eso no fue todo, porque Charles Leclerc, al que todos veíamos asegurando un podio, siguió su ejemplo solo diez vueltas después. La bandera roja ondeó mientras los equipos limpiaban y resetear la carrera.
Un caos que afectó a todos
El cansancio hizo mella y las gomas desgastadas jugaron una mala pasada a Stroll. El impacto cambió radicalmente las cartas sobre la mesa. Leclerc estaba disfrutando de una ventaja tras la sanción de Hamilton por exceder el límite de velocidad en boxes. Sin embargo, esa ventaja se tornó humo cuando los dos coches de Ferrari entraron juntos, dejando al monegasco esperando su turno detrás del inglés.
Mercedes también falló con Antonelli al no hacerle parar a tiempo, lo que complicó aún más la situación. Y como si fuera poco, cuando se reanudó la prueba en la vuelta 66, Leclerc volvió a encontrarse con la barrera debido a problemas con los frenos. Había perdido lo que parecía seguro: el tercer puesto que tan pronto había considerado suyo.
La reacción del piloto al regresar al box fue monumental; su frustración era palpable y más que justificada. “Yo esta no la voy a asumir”, dijo entre dientes sobre su fallo mecánico, dejando claro que este tipo de errores son inaceptables en un campeonato donde cada punto cuenta.
Mónaco es así: lleno de sorpresas e imprevistos donde incluso los favoritos pueden caer y resurgir desde cero.

