El Estadio de La Cartuja vibraba con la emoción palpable en el aire. Allí estaba Adrián San Miguel, el guardameta sevillano, dejando una huella imborrable al despedirse no solo del Real Betis, sino de un capítulo entero de su vida. En un partido que quedará grabado en la memoria de muchos, Adrián se despidió en medio de aplausos y lágrimas tras una victoria frente al Levante.
Con el corazón en la mano, recordaba sus inicios a los 10 años. «Desde ese niño que empezó a jugar hace mucho tiempo hasta hoy, he vivido momentos increíbles», decía mientras sus compañeros le lanzaban al aire en un emotivo manteo. La afición, siempre fiel, le brindó un homenaje digno de su trayectoria. «Volver a casa hace dos temporadas me hizo sentir cosas muy bonitas; jugar aquí delante de mi gente es un orgullo», añadió con voz temblorosa.
Una decisión que duele
Aunque físicamente se sentía bien, Adrián sabía que era el momento de decir adiós. «Son decisiones complicadas porque uno todavía tiene energía, pero las decisiones que parten del corazón son las adecuadas», confesó. Este sentimiento lo llevó a decidirse por esta despedida durante la semana previa; qué mejor forma de cerrar este ciclo que disfrutando junto a su equipo y su afición.
«Agradezco a todos los que nos han apoyado este año; hemos vivido una temporada magnífica y ahora toca disfrutar como un bético más», concluyó con una sonrisa entre lágrimas. Así se marchó un ícono del Betis: con gratitud y amor por unos colores que siempre llevarán su nombre.

