En el corazón del fútbol madrileño, dos nombres están empezando a sonar fuerte: Agustín y Rafael Álvarez, los hermanos de Julián Alvarez, quien juega en el Atlético de Madrid. Con una sonrisa que ilumina el campo y una actitud humilde, estos chicos se han integrado al Club Argentino en la Segunda Regional con un solo objetivo: disfrutar del juego.
Unidos por la pasión
El ambiente era festivo cuando Agustín y Rafael fueron presentados oficialmente. Sencillos y cercanos, saludaron a compañeros y técnicos como si fueran parte de la familia desde siempre. Hablando sobre su hermano, los rostros de estos jóvenes se llenan de admiración. «Julián es un jugador top y merece todo lo mejor del mundo», dice Agustín con orgullo. Ambos saben que ser hermanos de alguien tan reconocido trae consigo mucha responsabilidad, pero ellos prefieren enfocarse en lo que más les apasiona: jugar al fútbol.
La magia ocurre en un campo donde no hay gradas; ahí, cada jugada cuenta. La presencia de Julián y Rodrigo De Paul observando desde las barandillas añade un toque especial a este sueño futbolístico. “Verles aquí es increíble”, comenta Adrián Varela, presidente del club Argentino. Para él, contar con campeones del mundo como modelo a seguir es una lección invaluable para todos los jugadores.
Agustín destaca las oportunidades que han encontrado en Argentino gracias a la recomendación de Lucas Beltrán, amigo suyo y jugador del River Plate. En su primer partido ya demostraron su valía: «Agustín fue sólido como lateral izquierdo; Rafael marcó un penalti en su debut», explica David Sánchez, entrenador del equipo.
Sorprendentemente, a pesar de ser los hermanos del famoso Julián Alvarez, ambos llegan con una humildad ejemplar que conquista rápidamente al vestuario. “No parece que sean familia de alguien tan conocido”, añade Sánchez entre risas.
Para ellos, estar en Madrid no es solo una oportunidad futbolística; también significa crecer juntos como familia. «Estamos muy unidos», afirma Agustín mientras recuerda cómo disfrutan hablando y compartiendo momentos juntos más allá del balón.
Con sueños grandes pero sencillos—como ascender a Primera Regional—los Álvarez siguen siendo esos chicos normales cuyo mayor tesoro es la unión familiar y el amor por el fútbol.