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Las capillitas de Palma: un legado espiritual que lucha por no caer en el olvido

MallorcaHora - Palma
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En pleno corazón de Palma, donde el ritmo frenético del día a día apenas deja espacio para la pausa, se esconden pequeños tesoros patrimoniales que muchos ignoran. Hablamos de las capillitas callejeras, esos rincones sagrados conocidos como ses capelletes de carrer, que aún resisten al paso del tiempo y a la indiferencia de un palmesano apresurado o un turista despistado.

Estas delicadas hornacinas, visibles en las fachadas de edificios antiguos, evocan una devoción que remonta a siglos pasados. Imagina a los fieles deteniéndose ante estas imágenes religiosas para rezar y buscar consuelo. En una época sin luces artificiales, la tenue llama de sus velas iluminaba el camino en noches oscuras. Sin duda, eran más que simples adornos; eran faros de esperanza en una ciudad envuelta en sombras.

Un recorrido por la historia viva

Pasear por las Ramblas hacia La Calatrava es embarcarse en un viaje entre callejuelas históricas donde estas capillas aún son cuidadas con cariño por algún desconocido creyente que les deja flores frescas. Según el cronista Bartomeu Bestard, «en tiempos pasados, cuando había más capillitas y su mantenimiento era diario», estos puntos luminosos servían como guía para quienes se aventuraban por las calles solitarias durante la noche.

A medida que caía la noche y con ella el silencio en las calles vacías, solo quedaba confiar en los destellos de esas pequeñas lámparas o en los faroles llevados por los más afortunados. Las capillitas no solo fueron refugios espirituales; también dieron nombre a muchas vías: desde la Calle del Santo Cristo hasta Eccehomo o Sant Vicenç.

Hoy quedan apenas unas docenas. Una joya escondida se halla junto al Monasterio de Santa Teresa de Jesús, fundado en 1516; allí reposa Nuestra Señora del Carmen, custodiada por carmelitas descalzas que mantienen viva la fe con cada flor depositada ante su imagen.

Y es que cada rincón cuenta una historia. En calle Estudi General encontramos una de las más antiguas: Nuestra Señora de las Nieves data nada menos que del año 1575. En otras plazas como San Francisco o Can Moragues también relucen hornacinas cubiertas con portones tradicionales, dejando ver su esplendor durante festividades como Semana Santa.

La directora del Museu de Mallorca, Maria Gracia Salvà, lo expresa perfectamente: «Nadie ve ni mira donde camina pero ahí están las hornacinas». Se trata de un patrimonio compartido con todo el Mediterráneo; desde Italia hasta Sicilia hay rastros similares. Con flores y velas adornando estos espacios sagrados, nos recuerdan la fuerza espiritual presente en nuestras comunidades.

A pesar del desgaste natural y el paso del tiempo, esta tradición sigue viva gracias a aquellos particulares dispuestos a invertir recursos o recaudar fondos entre vecinos para mantenerlas en pie. Aunque algunas han desaparecido con los años, su esencia perdura entre nosotros como un verdadero legado cultural y religioso.

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