A medida que avanzan las jornadas, el RCD Mallorca nos deja un sabor agridulce. El último partido en Balaídos fue una auténtica travesía por el desierto. ¿Más de veinte minutos sin cruzar el medio campo? Eso es solo el principio de un relato que se vuelve cada vez más desalentador. Cuando al fin lograron avanzar, la jugada no fue más que un espejismo: sin ideas ni intenciones claras, todo se disipaba en un suspiro.
Los jugadores, con cada pequeña oportunidad que tenían, parecían perdidos. La única solución era despejarla hacia Muriqi, quien, pobre de él, solo podía ver cómo su frustración crecía y lo llevaban a cometer faltas. ¡Menuda situación! Un ejercicio penoso de impotencia y falta de recursos técnicos que acaba dejando la pelota siempre en manos del contrario.
Una realidad preocupante
El Mallorca sigue atrapado en esta dura travesía, firmando otra derrota y dejando escapar tres puntos más. Así las cosas, parece que nos encaminamos irremediablemente hacia la segunda división. Cualquiera que haya visto ese encuentro ante el Celta debe haber pensado lo mismo: había un equipo con ganas de jugar y otro simplemente intentando destruir sin construir nada.
Las oportunidades creadas por los nuestros son casi inexistentes; hay quien dice que podría haber sido uno de los peores partidos bajo la dirección de Jagoba Arrasate. Y es que el técnico ya no sabe qué hacer para sacar rendimiento a una plantilla que parece estar perdiendo pie en la máxima categoría. Lo cierto es que alcanzar ese objetivo ya parece casi una utopía.
Parece increíble pensar que hasta equipos como Llevant u Oviedo, compañeros en este viaje difícil, proponen más juego y emoción. La próxima estación será Son Moix, donde nos visitará la Reial Societat, un rival sin urgencias pero con mucho fútbol por ofrecer.

