Era una noche cualquiera en octubre del 2001, y Ana Eva Guasch Melis, una profesora de 27 años llena de sueños y alegría, disfrutaba con sus amigos en el Paseo Marítimo de Palma. La víspera de las Vírgenes prometía ser especial, pero lo que ocurrió después se transformaría en un misterio que aún hoy nos duele recordar.
La joven se despidió a eso de las cinco y media de la mañana. Al llegar a su casa, situada en un viejo edificio amarillo que ya no existe, alguien llamó a su puerta. ¿Quién era? Ana Eva abrió, lo que indica que conocía al visitante. Pero esa decisión fue la última que tomó antes de desaparecer sin dejar rastro.
Un fallo tras otro en la investigación
Pasaron las horas y su ausencia preocupó a quienes la conocían. Era una persona extremadamente responsable; por eso, cuando no se presentó a dar clases, todos saltaron las alarmas. Sus amigas acudieron rápidamente a su piso y encontraron todo revuelto: una colcha faltante, un ordenador portátil desaparecido… Detalles inquietantes comenzaron a acumularse como piezas de un rompecabezas imposible.
Las primeras horas son cruciales en cualquier desaparición, pero aquí hubo errores graves. El entonces jefe de Homicidios consideró que podría haberse marchado voluntariamente o estar con algún novio. Como resultado, los días pasaron sin acción real por parte de la Policía Nacional. No fue hasta que sus amigas recurrieron a la prensa cuando el caso comenzó a tomar forma seria.
Aquella noche fatídica había otros testigos y sospechosos en escena. Un joven argentino apodado Ro, quien empezaba una relación con Ana Eva, pronto se convirtió en el principal sospechoso tras ser visto merodeando por los alrededores. Su comportamiento durante los interrogatorios era frío e inexplicable; incluso había contratado un detective privado para “buscar” a su novia mientras intentaba ocultar sus propios pasos.
Los investigadores pronto descubrirían detalles escalofriantes sobre él: tenía antecedentes violentos y había trabajado en construcción cerca del lugar donde podrían haber escondido el cuerpo.
A pesar del esfuerzo inquebrantable del juez José Castro, quien reconoció las fallas durante la investigación e incluso pidió perdón públicamente a la familia por ello, el tiempo jugó en contra. Pasaron los años y los errores acumulados se hicieron cada vez más pesados.
A día de hoy, 25 años después, Ro no puede ser acusado formalmente porque el delito ha prescrito. Sin embargo, el dolor sigue presente para todos aquellos que amaban a Ana Eva; ella es recordada como una mujer dedicada y apasionada por su trabajo.
Así seguimos, con este gran misterio sobre nuestras cabezas: ¿qué pasó realmente aquella noche? La historia nos recuerda cómo una mala gestión puede convertir un caso esperanzador en un oscuro laberinto sin salida.

