Stephan, con el corazón partido, se encuentra junto al edificio donde creció en Cali, Colombia. Aunque lleva siete años viviendo en Mallorca, su ciudad natal siempre será su verdadero hogar. Al enterarse del terremoto que azotó su tierra, pensó que sería solo otro temblor más, pero las imágenes desgarradoras que vio al llegar a casa le hicieron entender la cruda realidad.
Su familia estaba allí, atrapada en el horror del seísmo. El edificio donde vivían resistió el embate, pero quedó lleno de grietas, lo que obligó a sus vecinos a evacuar rápidamente. En medio de esa incertidumbre y miedo, se refugiaron en una finca campestre, rezando para que las réplicas no llegaran. Entre ellos estaba su abuela, casi centenaria, quien durante el caos se aferró con todas sus fuerzas a la cama: «mi abuelita se aferró a la cama y no la podían mover de allí«, recuerda con tristeza Stephan.
La dura realidad de perder seres queridos
A pesar de que su familia está a salvo físicamente, la tragedia ha dejado huellas profundas. Un amigo cercano perdió a su sobrina y a su abuela; ambas quedaron atrapadas bajo los escombros de un edificio. La noticia le llegó por redes sociales y fue devastadora: «Eso sí es muy impactante. Ha sido muy fuerte«, confiesa mientras lucha contra la impotencia.
Uno de los edificios afectados es precisamente aquel donde él vivió durante tantos años. «Da mucha tristeza ver la ciudad donde yo crecí«, admite con nostalgia. La primera noche después del temblor fue un tormento: «Apenas pude dormir; estaba muy consternado por todo esto».
Aun así, entre toda esta oscuridad brilla una luz: la solidaridad de los vecinos y especialmente de los jóvenes que han salido a ayudar desinteresadamente. «Me ha parecido increíble la solidaridad que se ha reflejado en un momento tan difícil«, dice con emoción aún presente en su voz.

