La mañana del jueves en la calle Jaume III comenzó con una imagen impactante: un camión de Emaya completamente calcinado, rodeado de cristales esparcidos por la acera y la carretera. Tras una noche llena de tensión, los vecinos y comerciantes comentaban lo sucedido, mientras los operarios trabajaban para retirar el vehículo y devolver la normalidad a esta emblemática vía comercial de Palma.
Un despertar inesperado
En una cafetería cercana, Bel y Luisa todavía sentían el sobresalto en sus cuerpos. «Nos despertamos de un salto porque el ruido fue impresionante. Durante unos segundos pensamos que había explotado una bomba», relataba Bel mientras saboreaba su primer café del día. Luisa asentía con preocupación, recordando la inquietud que invadió a los vecinos al asomarse por las ventanas. «Cuando vimos ese resplandor enorme no podíamos creerlo. Afortunadamente, solo fue un susto y no hubo heridos», afirmaba.
A medida que pasaban las horas, la curiosidad reemplazó al miedo. Decenas de peatones se detenían frente a uno de los comercios afectados para observar los daños causados por el incendio, especialmente en el escaparate tan cerca del lugar donde ardió el camión. Desde dentro del local, los trabajadores comentaban cómo la rotura de la vitrina atraía a numerosos turistas durante toda la mañana. «No ha dejado de acercarse gente e incluso algunos han entrado a preguntar qué pasó y mirar el cristal roto. Por suerte, los daños son solo materiales», explicaron.
A pesar del impacto visual que dejaron los desperfectos y las complicaciones por el corte del tráfico, tanto vecinos como comerciantes coincidían en que pudo haber sido mucho peor. La rápida intervención de los equipos de emergencia evitó que las llamas afectaran a otros edificios o causaran lesiones personales en una calle que, apenas unas horas después del incidente, ya estaba intentando recuperar su habitual bullicio veraniego.

