Sucesos

Desde Mallorca, dos arquitectos venezolanos reflexionan sobre el desastre sísmico en su país

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Lucy Meléndez y Eduardo Millán son un matrimonio de arquitectos que, a pesar de la distancia, sienten profundamente los estragos que un nuevo terremoto ha causado en Venezuela. Mientras disfrutan de la vida en Mallorca, donde viven sus hijas, el eco de las tragedias naturales resuena en sus corazones. Desde su experiencia como docentes en la Universidad Central de Venezuela y diseñadores de edificaciones en su tierra natal, analizan con dolor lo ocurrido.

Una geografía traicionera

Venezuela es un país que juega constantemente al borde del abismo. Lucy nos recuerda que su territorio está dividido entre zonas estables y otras propensas a desastres. “Es un lugar con alto riesgo sísmico”, dice con preocupación. Los Andes y el litoral son testigos del choque de placas tectónicas, convirtiendo cada temblor en una advertencia. A pesar del horror vivido en 1967, cuando se instauraron normativas para mejorar la resistencia estructural, las malas prácticas han vuelto a asomarse como sombras amenazantes.

Aunque algunos edificios resistieron gracias a esas reglas —“cuando se aplican correctamente, hay muchas más posibilidades de supervivencia”, sostiene Meléndez— otros no corrieron con la misma suerte. La corrupción y los intereses económicos parecen haberse adueñado del sector: “Cuando lo técnico queda relegado por motivos políticos o económicos, estamos perdidos”, agrega.

La angustia mayor recae sobre aquellos que menos tienen. “Los pobres viven en cerros vulnerables y construyen sin ningún tipo de normativa”, explica Lucy. Sin datos actualizados sobre estas comunidades afectadas por los sismos recientes, teme que el número de víctimas sea desgarrador. “Si realmente estos sismos han tocado esos barrios olvidados, vamos a ver cifras trágicas”.

Además del problema constructivo, se suma la falta de preparación ciudadana ante tales crisis; una combinación mortal donde las personas reaccionan instintivamente y terminan lastimándose aún más: “No hay campañas informativas adecuadas”, lamenta.

A medida que avanzan las horas tras el desastre, Meléndez describe la situación como dramática: su madre y hermana están bien protegidas en un edificio bien diseñado; sin embargo, otros lugares como el Petunia han sucumbido completamente al temblor después de años ignorando las advertencias técnicas sobre su vulnerabilidad.

La respuesta gubernamental es otro punto negro en este panorama sombrío: “En un país con nuestro historial sísmico no puede ser que no haya refugios habilitados”. Contrasta esta falta con la rápida acción del alcalde de Chacao ofreciendo asistencia básica por televisión; demuestra que si hay voluntad política, se pueden hacer cosas concretas.

Eduardo añade una reflexión crucial: el impacto psicológico también es devastador. Las víctimas entran rápidamente en estado de bloqueo emocional ante tal caos; deben enfrentar no solo la pérdida material sino también la incertidumbre del futuro. Aunque agradece el apoyo internacional recibido hasta ahora —de países como Estados Unidos o Chile— recalca que es vital canalizar esa ayuda para ayudar al pueblo venezolano a levantarse nuevamente.

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