Hoy en día, nuestras redes sociales están inundadas de rostros bellos que nos dan consejos sobre cómo lucir mejor. Pero, ¿alguna vez te has preguntado si esa influencer a la que sigues es de carne y hueso o simplemente un avatar creado por inteligencia artificial? Sí, así como lo lees. A menudo, estas figuras digitales tienen una misión clara: vendernos productos.
El Daily Mail ha sacado a la luz un fenómeno inquietante: cada vez más marcas utilizan influencers generados por IA. Estas “mujeres” no solo son atractivas; sus historias están meticulosamente diseñadas para conectar con nosotras. Hablan de divorcios, menopausia y otros temas emocionales para hacernos sentir cercanas a ellas antes de ofrecernos los productos que supuestamente cambiaron sus vidas.
Las cifras detrás del engaño
Pero aquí viene lo peor: cuando compras algo a través de uno de esos enlaces, quienes crearon al avatar pueden embolsarse hasta un 25% en comisiones. Así que no es raro ver a algunos ganando miles al mes mientras otros se hacen expertos en crear avatares tan realistas que parecen humanos.
La dermatóloga Anjali Mahto comenta que este tipo de marketing les da a las marcas el poder absoluto de diseñar personajes con los que sus clientes puedan identificarse. ¡Vaya estrategia! Pueden elegir su edad, aspecto e incluso qué preocupaciones deben mostrar. Crear uno puede costar desde 100 hasta 18.000 euros y los gastos mensuales pueden ir desde 50 euros hasta más de 9.500 euros.
Aunque legalmente no hay nada prohibido, el problema llega cuando las marcas optan por ocultar esta información. La fundadora de CORQ, Sara McCorquodale, afirma que esto genera rechazo entre los consumidores y lo califica como engañoso y ofensivo. Y no solo eso; esta tendencia también impone estándares irreales sobre la belleza femenina, aprovechándose así de nuestras inseguridades para obtener beneficios económicos.
No podemos dejar pasar esto sin cuestionarnos: ¿hasta dónde llegaremos con tal de encajar en una imagen perfecta? La doctora Mahto advierte sobre la posibilidad de explotar nuestros miedos al envejecimiento al sugerir que un simple producto puede devolvernos esa juventud perdida.

