En un giro inesperado, más de 500 casas y construcciones han salido a la luz gracias a la controvertida amnistía urbanística que se ha impuesto en Pollença y Sant Josep. La noticia no solo nos deja boquiabiertos, sino que también pone sobre la mesa una cuestión que muchos ya veníamos denunciando: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para permitir esta destrucción del campo?
La realidad detrás del monocultivo turístico
Jaume Perelló, un vecino preocupado, no puede ocultar su frustración. “Esto es tirar a la basura nuestro patrimonio natural”, comenta mientras observa cómo el paisaje se transforma en una auténtica jungla de cemento. Y es que, aunque las autoridades lo pinten como una medida de regularización necesaria, muchos de nosotros vemos cómo nuestras tierras y tradiciones se diluyen ante el avance implacable del turismo masivo.
No podemos ignorar que estos hechos están sucediendo en medio de protestas constantes contra la masificación. En Valldemossa, por ejemplo, apareció una pancarta colgada en la montaña que gritaba lo que muchos sentimos: “¡Basta ya!”. Las voces se alzan con fuerza mientras cada vez más personas se unen a esta lucha por proteger lo que queda de nuestros espacios naturales.
¿Qué pasará con Palma? La incertidumbre sobre el futuro urbanístico está presente en el aire. Cort aún no ha definido un calendario claro, dejando al vecindario inquieto y desconcertado. Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Miramos hacia otro lado o nos unimos para hacer frente a esta avalancha? Es hora de decidir si queremos seguir siendo espectadores o protagonistas de nuestra historia.

