La isla de Menorca, conocida por sus paisajes idílicos y su encanto natural, se está transformando en un auténtico hervidero. Hoteles y agroturismos están corriendo a buscar astrónomos para aprovechar al máximo la llegada del tan esperado eclipse total de Sol. David Marquès lo cuenta así: “Ahora todo son prisas y estrategias, como si estuvieran tirando a la basura su esencia por un poco de dinero”.
Un fenómeno que no entiende de clases
A medida que se acerca el gran día, las voces críticas comienzan a resonar con fuerza. Bruno Rodríguez advierte sobre el alto riesgo de incendios, mientras que Marcos Torío lanza una dura reflexión: “No ver el eclipse es cosa de pobres”. Y es que este fenómeno natural no discrimina; debería ser un evento para todos, pero las administraciones parecen olvidarlo.
Mientras tanto, en Sóller, miles de personas han salido a la calle clamando contra la turistificación desmedida: “Prohens, escucha, estamos en lucha”, gritan con fuerza. Tres años de propuestas para controlar esta saturación han caído en saco roto. ¿Y ahora qué? La desesperanza asoma entre los vecinos que ven cómo su hogar se convierte en un parque temático sin alma.
No solo eso; hay quienes enfrentan una privatización alarmante de lugares emblemáticos como la sierra de Tramuntana. Un hotel puede dar más derechos que vivir al lado del mismo paisaje que antaño fue parte del legado comunitario. Y así, la masificación llega incluso al mar balear por culpa del eclipse. Este tipo de destrucción podría necesitar décadas para recuperarse.
Tomeu Penya deja escapar su tristeza al reflexionar: “Estoy muy triste. Nunca imaginé que el futuro de Mallorca sería como lo es ahora”. Las palabras resuenan como un eco entre quienes aman esta tierra y ven cómo se desdibuja su esencia.

