En una tarde que prometía ser tranquila, la Delegación del Gobierno en Palma se convirtió en el escenario de una protesta contra la violencia policial. La ciudad respiraba tensión y esperanza, pero al final, esa atmósfera se tornó oscura. «Vi a tres policías agrediendo a un amigo mío», cuenta uno de los testigos con voz temblorosa, rememorando cómo lo que comenzó como una movilización pacífica acabó en cargas desmedidas.
Una historia de injusticia
Los relatos de quienes vivieron ese momento son desgarradores. Muchos aseguran que las fuerzas del orden no actuaron con la proporcionalidad necesaria, dejando a su paso heridos y dolor. Alfonso Rodríguez, portavoz del Govern, intentó justificar lo injustificable: «Este delegado no decide las cargas». Sin embargo, todos sabemos que cuando la violencia entra en juego, las palabras se vuelven vacías.
Las autoridades tratan de desviar la atención hacia una minoría radical, utilizando esta narrativa para encubrir la realidad: lo que ocurrió fue un ataque a ciudadanos pacíficos. Pero aquí estamos nosotros para recordarlo. La lucha por nuestros derechos no es solo una frase hecha; es una verdad palpable que resuena entre nosotros.
La situación nos invita a reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para proteger nuestras libertades. ¿De verdad necesitamos blindar instituciones con tanta fuerza? ¿O quizás deberíamos preguntarnos por qué hay tanto miedo?

