En el idílico entorno del Coll d’en Rabassa, algo huele realmente mal. Y no estamos hablando solo de los olores que se escapan de un antiguo vivero de langostas que, tras ser ocupado, se ha convertido en un auténtico foco de problemas. Los residentes del área están cansados y con razón: la situación es insostenible.
La okupación y sus consecuencias
El vivero, que podría ser un espacio atractivo para todos, ahora es un lugar donde varios ocupantes de origen norteafricano han tomado las riendas. A menudo pueden verse asomando a la terraza o paseando por los alrededores, lo que ha encendido las alarmas entre los vecinos. No es solo la presencia inquietante lo que preocupa; es el miedo palpable que inunda la zona desde hace tiempo.
Pero, ¿qué pasa con el verdadero problema? Pues resulta que el caos no termina ahí. La última denuncia llega en forma de malos olores y una contaminación evidente por el desbordamiento de aguas fecales provenientes de una fosa séptica colapsada. Esta situación está dejando a los habitantes del Coll d’en Rabassa sin aliento —y no precisamente por su belleza natural— sino por las nauseabundas emanaciones que se han vuelto parte del paisaje diario.
Los vecinos ya han hecho llegar sus quejas tanto a la Policía Local como a otros organismos competentes, pero aquí entra en juego la propiedad pública: como este espacio pertenece a Costas, parece ser un callejón sin salida. Con las temperaturas subiendo, esos hedores son cada vez más insoportables y hay una preocupación latente sobre qué ocurrirá si esta situación se agrava. Todos temen que estos vertidos acaben contaminando aún más nuestro querido litoral.
La impotencia se siente en cada rincón mientras los ciudadanos observan cómo su entorno va languideciendo frente a ellos. Lo único claro es que urge actuar antes de que sea demasiado tarde; porque cuando hablamos de salud pública, todos deberíamos estar en la misma sintonía para exigir cambios ya.

