El pasado martes, Miquel Àngel Contreras, portavoz de Més per Palma, alzó la voz ante una situación que no podemos ignorar. El alcalde de Palma, Jaime Martínez, anunció que hay un auto judicial para desalojar a las personas que habitan en la antigua cárcel. Y aquí es donde empieza el verdadero debate. Contreras no se ha cortado al hablar sobre cómo el alcalde parece querer deshacerse de estas personas como si fueran un estorbo.
Una decisión que hiere
«Lo que está haciendo es esconderse tras una decisión judicial para seguir atacando a quienes ya están viviendo una situación complicada», afirmó Contreras con firmeza. No se trata solo de un simple desalojo; estamos hablando de vidas humanas y derechos básicos. El portavoz dejó claro que Martínez no tiene intención de ayudar, sino más bien lo contrario: «quiere expulsarlas, degradarlas y hacerlas desaparecer del mapa». Es doloroso ver cómo ciertas políticas parecen priorizar una imagen pulida de Palma para los turistas en lugar de cuidar a los más vulnerables.
Lucía Muñoz, regidora de Podemos, también ha expresado su preocupación. Ella lamenta que este desalojo tenga que hacerse por la fuerza y se muestra alerta ante posibles abusos policiales. Para ella y su partido, «desalojar sin ofrecer alternativas es simplemente trasladar la pobreza». Y con razón: ¿acaso no debería ser nuestra responsabilidad encontrar soluciones reales?
Desde el PSOE han pedido un plan social y habitacional adecuado para quienes viven en esta antigua prisión. Respetan las decisiones judiciales, pero insisten en que el abandono del recinto ha llevado a esta situación extrema. Es triste pensar que mientras algunos se preocupan más por mantener limpia la postal turística de Palma, otros luchan cada día por sobrevivir.
Así las cosas, nos queda preguntarnos: ¿hasta cuándo dejaremos que nuestras políticas ignoren a los más necesitados? La lucha por una ciudad más justa debe ser nuestra prioridad.

