En el corazón de la barriada palmesana de Son Forteza, una realidad social se asoma a la vista de todos. Aquellos que pasean por la zona o llevan a sus perros al pipicán ya no pueden ignorar lo que antes era un simple asentamiento de dos chabolas. Hoy, ese pequeño refugio ha evolucionado en todo un poblado donde conviven todo tipo de infraviviendas. Ya son siete las chabolas que se cuentan entre el área destinada al esparcimiento canino y la autopista de Inca.
Crecimiento en medio del abandono
Las primeras chabolas, situadas cerca del acceso desde la calle Jacint Verdaguer, han visto cómo su ‘vecindario’ ha crecido considerablemente. Este aumento se debe, en gran parte, al desalojo de personas sin hogar que antes vivían bajo una pasarela ahora cerrada y precintada por el Ajuntament de Palma debido a su deterioro. Un lugar que representaba un riesgo para los peatones se ha convertido en punto cero para aquellos que buscan refugio.
Aquí, nuevas barracas construidas con palés, tablas y plásticos han tomado forma. La más grande incluso está rodeada de colchones y fija en el suelo, junto a una tienda de campaña improvisada. Y no falta una pequeña parrilla ni sillas y mesas rescatadas del olvido; hasta hay restos de un sofá usado como sala de estar con vistas tanto a Son Forteza como a la bulliciosa autopista.
Sin embargo, estos hogares precarios traen consigo importantes riesgos. Los materiales combustibles son una invitación al peligro en caso de incendio. Aun así, resulta sorprendentemente fácil dejar atrás estas infraviviendas cuando se busca una nueva oportunidad o simplemente un lugar donde descansar tras haber sido desplazados.
Este fenómeno del sinhogarismo parece multiplicarse ante nuestros ojos, transformando lo que comenzó como algo aislado en un asentamiento visible e innegable dentro del paisaje urbano.

