En un trágico giro de los acontecimientos, las autoridades de la República Democrática del Congo (RDC) han anunciado que el brote de ébola, que comenzó a mediados de mayo, ha cobrado ya más de 4.300 vidas. La cifra es escalofriante y deja a su paso cerca de 9.000 casos registrados, convirtiéndose en el brote más mortífero en la historia del país africano.
Según el último informe del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), se contabilizan hasta ahora 8.978 contagios y 4.336 fallecimientos, con una tasa de letalidad alarmante del 48,3%. Solo en las últimas 24 horas, se han reportado 64 nuevos casos y 21 muertes. La situación es crítica: actualmente hay 945 pacientes hospitalizados, mientras que 2.356 personas han logrado superar la enfermedad.
A una escala global preocupante
No podemos ignorar que este brote supera incluso al devastador episodio entre 2018 y 2020. Las proyecciones no son alentadoras; se teme que pueda eclipsar al terrible brote entre 2014 y 2016 en África occidental, donde perdimos a más de 11.000 personas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) observa con preocupación cómo este virus sigue causando estragos en las comunidades afectadas. Es un recordatorio doloroso de que estamos lejos de tener control total sobre estas enfermedades letales.

