La situación en Yemen se vuelve cada vez más crítica. Este sábado, los hutíes han reanudado sus bombardeos sobre la ciudad de Marib, un bastión del Gobierno que lleva años resistiendo el control rebelde, mientras las fuerzas yemeníes contraatacan en Hodeida. Este enfrentamiento no es solo un choque bélico; es la historia de un país desgarrado por años de conflicto, donde cada bombardeo resuena como un eco de desesperación.
Una ofensiva devastadora
El Ejército de Yemen no ha tardado en comunicar la reactivación de los ataques hutíes sobre barrios civiles con misiles y drones. En sus redes sociales, denunciaron cómo la milicia hutí está atacando indiscriminadamente a la población. Pero desde el lado rebelde, Ansarolá defiende estos movimientos como «medidas preventivas» para frenar a su enemigo más poderoso: Arabia Saudí.
El portavoz hutí, Yayha Sarea, hizo un llamado directo a aquellos que siguen confiando en los campamentos saudíes: «¡Regresen antes de que sea demasiado tarde!», advirtió con una mezcla de urgencia y reproche. Se refirió al Gobierno en Adén como traidor por hipotecar el destino del país al exterior.
A esta inestabilidad se suma otro ataque atribuido a los hutíes que dejó a once personas heridas en Najrán, al sur de Arabia Saudí. Este último incidente pone aún más presión sobre una región que ya vive una escalada preocupante tras años relativamente calmados.
No solo se trata de balas y explosiones; estamos hablando también del sufrimiento humano. Las cifras son alarmantes: para 2026, se estima que más de 22 millones de personas en Yemen necesitarán ayuda humanitaria urgente. Esto incluye a miles que han perdido sus hogares debido a desastres naturales y condiciones económicas deplorables.
A medida que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas observa con inquietud este panorama sombrío, su enviado especial advierte del riesgo inminente de un conflicto a gran escala nuevamente. ¿Qué pasará si este ciclo destructivo continúa? No podemos quedarnos callados ante tanto sufrimiento.

