El Frente Popular para la Liberación de Tigray (TPLF) ha encendido las alarmas. Según ellos, este sábado el Ejército etíope ha iniciado una ofensiva militar en el oeste de Tigray, avivando las llamas de un conflicto que muchos creían ya apagado. La historia se repite, y con ella, el sufrimiento de un pueblo que ha visto cómo su realidad se desmorona una vez más.
En un comunicado cargado de desesperación y determinación publicado en Facebook, los líderes del TPLF han proclamado que la «guerra abierta» ha regresado. Este nuevo capítulo del conflicto sigue a la reciente ruptura del acuerdo de paz firmado en Pretoria hace poco más de un mes, que había sido un rayo de esperanza tras años de dolorosos enfrentamientos.
Un llamado a la resistencia
«Este régimen dictatorial y genocida», así describen al gobierno federal en su mensaje, acusándolo de intensificar el asedio contra la población tigrina mediante ataques con drones y fuerzas terrestres. Y no se quedan ahí; hacen un ferviente llamado a todos los ciudadanos, organizaciones civiles e incluso instituciones religiosas a prepararse para lo que consideran una lucha por la «supervivencia nacional». La situación es crítica.
A pesar del eco del doloroso pasado —una guerra que dejó entre 100.000 y 600.000 muertos— el gobierno federal no se pronuncia ante estas graves acusaciones. El silencio es ensordecedor mientras las tensiones aumentan tras la disolución del acuerdo que había permitido cierta calma temporal bajo un gobierno provisional aceptado por las autoridades federales hasta el retorno del TPLF en mayo.
No podemos olvidar que este regreso fue interpretado como una traición por parte del gobierno central, quien ahora rechaza reconocer a los nuevos administradores. Al final del día, son los ciudadanos quienes sufren las consecuencias: marginados y olvidados en medio de esta tormenta política.

