El miércoles amaneció con una noticia que muchos esperábamos: Alí Lmrabet, el periodista franco-marroquí que había sido detenido en el aeropuerto de Tánger, ha recuperado su libertad. Todo comenzó el domingo, cuando Alí llegó a Marruecos desde Barcelona por motivos personales y se vio envuelto en un torbellino de acusaciones por supuestas «declaraciones difamatorias e injuriosas» hacia figuras importantes del país. ¿Acaso no es preocupante que la simple expresión de opiniones pueda llevar a alguien a la cárcel?
Una liberación esperada pero necesaria
Después de tres días de tensión y expectativa, la Fiscalía decidió ponerle en libertad tras revisar su caso y realizar las correspondientes «pericias técnicas». Al parecer, necesitaban escuchar su versión antes de continuar con la investigación. Es un alivio saber que le han devuelto sus pertenencias, incluyendo sus ordenadores y su móvil; herramientas vitales para alguien que trabaja como él, publicando contenido en redes sociales y haciendo vídeos en YouTube.
Su esposa, Laura Feliu, quien no se separó ni un momento durante esta angustiosa espera, nos recuerda que Alí no ejerce periodismo tradicional en Marruecos desde hace años. Su historia es una más entre tantas voces silenciadas; Lmrabet ya había pasado por momentos difíciles antes. Entre 2003 y 2004 estuvo encarcelado tras el cierre de sus semanarios y sufrió las consecuencias de intentar hacer valer su derecho a la libertad de expresión.
A lo largo de estos días, organizaciones como Reporteros Sin Fronteras (RSF) y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPA) alzaron su voz pidiendo justicia para él. Es fundamental defender a quienes se atreven a expresar sus opiniones sin miedo a represalias. La lucha por la libertad de prensa sigue siendo crucial.

