“Para mí ya solo queda el silencio eterno”. Así comienza uno de esos libros que se quedan grabados en la mente, El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música, escrito por Alex Ross. Este crítico musical estadounidense, conocido por su trabajo en The New York Times, nos lleva a un viaje sonoro fascinante que empieza con una cita de Shakespeare y nos hace reflexionar sobre el verdadero significado del silencio y el ruido en la música contemporánea.
Un viaje sonoro lleno de matices
A medida que leemos las más de setecientas páginas de este apasionante volumen, no podemos evitar preguntarnos: ¿qué es realmente el “ruido”? Ross se encarga de desmitificar esa idea preconcebida que algunos tienen sobre la música del siglo XX, donde lo atonal parece reinar y la belleza se deja a un lado. Sin embargo, tras sumergirnos en sus palabras, descubrimos que el “ruido” y la música moderna son dos caras de la misma moneda.
Piénsalo bien: ¿acaso alguien puede considerar inaudibles las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss o la inconfundible Rhapsody in Blue de Gershwin? Y qué decir del conmovedor Adagietto de Mahler, inmortalizado por Muerte en Venecia? Estas obras maestras surgieron durante un siglo marcado por innovaciones musicales revolucionarias gracias a genios como Stravinski y Schoenberg. El primero escandalizó al mundo con La consagración de la primavera, mientras que el segundo rompió moldes al igualar todas las teclas del piano.
A veces necesitamos tiempo para entender y sentir lo artístico. El arte no siempre es inmediato; requiere una sedimentación similar al buen vino. Con los años, comenzamos a apreciar matices que antes nos pasaban desapercibidos. Al final, esa búsqueda continua nos lleva a una verdad personal: la música, con sus altibajos, siempre encontrará un camino para resonar en nuestro interior.

