Hoy, el mundo del jazz se viste de luto. A los 95 años, nos deja Sonny Rollins, un verdadero coloso de esta música que ha sabido tocar las fibras más profundas de nuestros corazones. Su partida llega en un día especial, coincidiendo con el centenario del nacimiento de Miles Davis, un compañero de ruta al que tanto admiró. Aunque llevaba más de diez años alejado del escenario debido a problemas respiratorios, su legado sigue vivo entre nosotros.
Un maestro en la sombra
Rollins era mucho más que un saxofonista; era una leyenda que encarnaba esa esencia individualista y casi mística del jazz. En una entrevista con Nate Chinen en 2017, él mismo decía: «Soy un solista. Necesito tipos que puedan ayudarme». A lo largo de su carrera, nos regaló momentos únicos y composiciones inolvidables como Doxy, que incluso le sirvió para nombrar su propio sello discográfico.
Nacido en Harlem el 7 de septiembre de 1930, desde pequeño mostró una dedicación casi obsesiva por la música. Recuerdo cómo contaba que no paraba de tocar hasta que lo llamaban para cenar; simplemente se sumergía en su mundo musical sin mirar atrás. Esa devoción lo llevó a tener uno de los regresos más emblemáticos del jazz: tras retirarse temporalmente para practicar bajo el puente de Williamsburg –un lugar donde podía hacerlo sin molestar a sus vecinos– volvió a deslumbrarnos con su talento y creatividad.
A lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos, desde la Medalla Nacional de las Artes otorgada por Obama hasta tres premios Grammy. Sin embargo, son sus notas las que resonarán eternamente en nuestra memoria colectiva.

