En un giro sorprendente del destino literario, todos los novelistas españoles están llamados a recibir el Premio Aena. Un galardón que ha suscitado más de una controversia y que, a pesar de su fama por ofrecer un millón de euros, parece estar más enfocado en la cantidad que en la calidad. Este premio permanecerá en el panorama literario español, al menos hasta que Vox tenga las riendas de la empresa pública que gestiona nuestros aeropuertos.
Mientras algunos celebran este flujo de dinero fresco, otros no pueden evitar criticar lo absurdo de otorgar tal suma cuando parece que en el ámbito cultural hay cosas mucho más importantes. Con la sombra del capitalismo voraz acechando, se podría pensar que esto es solo otro intento de mantener a flote un monocultivo turístico disfrazado de arte.
¿De verdad todos ganarán?
Aparentemente sí. En este juego de cartas, cada novelista tiene su oportunidad; ya sea como finalista o jurado (los más perezosos). Y es que aquí los perdedores no se van con las manos vacías: ¡30.000 euros por ser derrotados! Comparado con otros premios literarios donde apenas te dan las gracias si no ganas.
No podemos obviar que este galardón tiene efectos colaterales curiosos. Por ejemplo, incrementa la venta masiva de libros entre los pasajeros atrapados en aeropuertos con retrasos interminables. Al final del día, todo se convierte en una especie de círculo vicioso donde unos cuantos se benefician mientras el resto observa desde fuera.
Parece claro: si eres escritor y estás navegando tus cuarenta años creativos, lo mejor será seguir escribiendo si quieres tener tu trozo del pastel Aena durante las próximas dos décadas. Así que quizás deberíamos replantearnos nuestra relación con este tipo de premios. Pero ahí está la realidad: cada vez hay más autores y menos lectores dispuestos a consumir ese torrente incesante de páginas.

