La Bienal de Arte de Venecia, que abre sus puertas este sábado, promete ser un espectáculo cargado de tensiones y contradicciones. ¿Quién lo diría? Este evento se ha convertido en un verdadero microcosmos de las luchas culturales y geopolíticas del momento. Entre los artistas destacados se encuentran Patti Smith y Jim Jarmusch, quienes llevarán la contracultura al pabellón del Vaticano. Mientras tanto, Estados Unidos llega a Venecia con un pabellón que parece más desorientado que nunca, como si su esencia hubiese decidido hacer las maletas.
Un escenario inesperado
No es solo la reincorporación de Rusia lo que marca este año; también está presente Israel, en medio de un clima tenso por Gaza. La muerte repentina de Koyo Kouoh, la primera comisaria africana al frente de la Bienal, añade una capa de melancolía a esta historia. Nos preguntamos: ¿cómo puede el arte sobrevivir en tiempos tan convulsos?
En los Giardini, donde los pabellones parecen pequeñas embajadas construidas por arquitectos con mucho ego, esta semana ya olía a cumbre política antes que a exposición artística. Activistas como Pussy Riot irrumpieron con pasamontañas rosas y consignas contra la presencia rusa. El grito resonó fuerte: «la sangre es el arte de Rusia». Todo esto mientras turistas sacaban fotos, ajenos a la gravedad del asunto.
Aquí surge una pregunta antigua pero relevante: ¿hasta dónde llegar para condenar a un país agresor? Algunos sostienen que silenciar a sus artistas no lleva a ninguna parte; otros creen firmemente que el arte debería ser uno de esos refugios donde el mal no puede entrar.
El contraste entre el pabellón del Vaticano y el estadounidense es asombroso. La Santa Sede ha logrado reunir 24 artistas en dos conventos venecianos para hablar sobre temas tan profundos como la memoria y la fragilidad humana. En cambio, Estados Unidos aparece casi avergonzado; su elección para representarles ha sido objeto de controversia desde el principio. Un desconocido artista llamado Alma Allen, seleccionado después de que varios se negaran a participar bajo las directrices polémicas del gobierno Trump.
Crowdfunding cultural: así podríamos llamar al estado actual del pabellón estadounidense, que ni siquiera cuenta con suficiente financiación para su montaje adecuado. Todo esto deja claro que incluso una superpotencia puede sentirse perdida cuando intenta encontrar su voz en medio del caos mundial.

