El drama se consumó en Son Moix. A pesar de la victoria por 3-0 contra el Oviedo, el Mallorca no pudo evitar el descenso a Segunda. Con goles de Pablo Torre, Morlanes y Muriqi, los bermellones celebraron un triunfo que, sin embargo, no les sirvió para mantener la categoría. La carambola necesaria no llegó y con ello se confirmó lo que muchos temían: el desastre era irreversible.
Un descenso anunciado
La afición, enfadada y decepcionada, presenció cómo su equipo se quedó a las puertas de una salvación que dependía de otros resultados. En un ambiente tenso, donde menos de doscientas personas recibieron al equipo antes del partido, ya se intuía que algo no estaba bien. Los cánticos pidiendo la dimisión de la directiva resonaban por las gradas; un claro mensaje sobre la desesperación acumulada durante toda la temporada.
Aunque el Mallorca tuvo su momento de gloria con un golazo de Pablo Torre justo antes del descanso, esa alegría fue fugaz. Con cada actualización de los resultados ajenos en otras canchas, los nervios aumentaban. El Girona empataba y luego llegaba el gol del Getafe que volvía a encender las esperanzas momentáneamente entre los aficionados.
A medida que avanzaba el partido, la ansiedad crecía entre los 19.311 espectadores presentes; más pendientes del móvil que del juego en sí. Pero cuando Morlanes marcó para poner el 3-0 en el marcador, nadie celebró como debiera porque sabían que ya era demasiado tarde. La realidad era cruel: el Mallorca regresaba a Segunda después de cinco años.
¿Qué salió mal? La respuesta es larga pero clara: decisiones erróneas en la dirección deportiva y una plantilla incapaz de responder ante las exigencias. Ahora queda saber cuándo podrán volver a soñar con la Primera División mientras sus fieles seguidores llevan consigo esta amarga historia marcada por un fracaso difícil de olvidar.

