En un rincón de Son Gotleu, José Luis Miranda Cortés se ha propuesto encender una chispa de esperanza. Con su gimnasio, el Palma Escola de Boxa, este vecino nacido en 1999 busca no solo enseñar a boxear, sino también ofrecer una alternativa para los jóvenes de un barrio que muchos consideran olvidado. Miranda, quien lleva el boxeo en la sangre desde sus 12 años, recuerda cómo su vida cambió gracias a este deporte. “Empecé entrenando con Isidro Labrador y logré competir, pero la vida me llevó por otros caminos”, confiesa.
Hoy, tras años de desvíos y responsabilidades familiares, ha decidido regresar al ring, pero esta vez como mentor. Su objetivo es claro: “Todo lo que pueda hacer para cambiar vidas y ayudar a que la gente mejore, lo voy a hacer”, afirma con determinación. Y no está solo; William Scull, un campeón del mundo del peso supermediano y niño humilde como él mismo admite serlo, ha decidido apoyar su causa. “Yo también vengo de ahí”, comparte Scull mientras rememora sus inicios en Cuba.
Un gimnasio multicultural
El Palma Escola de Boxa no es solo un lugar para entrenar; es un espacio donde diferentes culturas se encuentran bajo las mismas reglas del respeto y la disciplina. Miranda quiere crear una comunidad fuerte: “Aquí vamos a enseñar respeto, disciplina, constancia y superación”. Para él y Scull, el boxeo va más allá de intercambiar golpes; es una forma de educar y unir.
Aquellos que piensan que el boxeo es pura violencia se llevan una gran sorpresa al entrar al gimnasio. “Desde fuera puede parecer agresivo”, dice Miranda, “pero te enseñan mucho más”. Ambos saben que el verdadero espíritu del boxeo reside en levantarse después de caer. “La vida da muchos golpes”, asegura Miranda mientras trabaja para asegurarse de que nadie quede fuera por falta de recursos.
“Quiero que este gimnasio sea un faro de luz en el barrio”, concluye Miranda con pasión. En Son Gotleu hay esperanza en cada golpe lanzado y en cada sueño compartido entre sus muños púgiles.

