En el Gran Premio de los Países Bajos, el ambiente estaba cargado de emoción. Marc Márquez y Pecco Bagnaia llegaban al circuito de Assen con sonrisas, pero se marcharían con un sabor amargo en la boca. La cita comenzó con bromas entre ellos; Bagnaia le lanzaba una pulla sobre sus zapatillas, recordando su lesión reciente. «¿Aquí no vas a ir rápido?», decía entre risas. Y Márquez, siempre con su humor característico, respondía: «Aquí me vale todo».
De ilusiones a desilusiones
Sin embargo, la realidad pronto golpeó duro. El jueves estuvo marcado por charlas sobre la renovación de Márquez y la llegada del joven Pedro Acosta para 2027, algo que él mismo reconoció como un movimiento audaz por parte de Ducati. Pero esa energía positiva se desvaneció cuando las cosas comenzaron a torcerse en pista. El viernes fue un día complicado; tras una caída, Marc confesaba sentirse incómodo: «Cuando inclino, me voy fuera». Una sensación que resonaba también en Bagnaia quien admitía necesitar un milagro para acceder a la Q2.
Ya en clasificación, Márquez negó haber tocado el verde que le anuló dos giros. “Imposible”, clamaba frustrado mientras se posicionaba séptimo en parrilla.Sufrir es sufrir, decía después ante los medios, reflejando su malestar tras unos discretos resultados tanto él como Bagnaia durante el Sprint.
El domingo llegó acompañado de una noticia que alegró a todos: Pecco había sido padre. «Ahora somos uno más en el equipo», comentó Márquez al ver el cartel de bienvenida para Oliviero. Pero esa alegría contrastó rápidamente con la amarga carrera que les esperaba; Pecco abandonó por problemas mecánicos y Márquez solo pudo terminar séptimo.
Finalmente, antes de despedirse del fin de semana y del circuito neerlandés, Marc lanzó un comentario rotundo: “Vámonos de Assen”. No había nada más que hacer; este año había sido complicado y lo sabía bien: «No podía entrar en las curvas como me gusta a mí».

