En el corazón del barrio de Son Oliva, donde las calles Frida Kahlo y Jeroni de Berard se cruzan, hay una casa que ha pasado a ser más que un simple edificio; es un símbolo de la problemática okupación que azota nuestra ciudad. Aquellos que viven cerca han aprendido a convivir con la inquietante imagen de una planta baja, custodiada por un perro ruidoso que no cesa en su vigilancia. “No para, sea la hora que sea”, comenta uno de los vecinos, mientras recuerda el trágico hallazgo de un indigente muerto en la azotea hace ya más de diez años.
Una situación insostenible
La vivienda, a pesar de estar cerrada con candado por su acceso principal -el otro está tapiado- parece haberse convertido en un refugio para quienes buscan vivir al margen de la ley. “Llevan años metiéndose dentro”, asegura otro residente, quien también denuncia que tienen enganchada la electricidad a la calle. Esta situación ha generado un ambiente de inseguridad, donde el mal olor y la suciedad son compañeros constantes para quienes transitan por allí. Una compañera del trabajo incluso evita pasar por delante debido a los olores nauseabundos que emanan desde esa propiedad.
Afuera, entre gatos merodeadores y restos desechados sin compasión hacia las calles vecinas, se vislumbran signos claros de abandono: amianto y estructuras en ruina son parte del paisaje cotidiano. Un vecino cuenta que dentro pueden vivir entre seis o siete personas. Aunque no suelen ser visibles, sus reuniones en la terraza superior se hacen notar sobre todo durante el verano.
A medida que se intensifica el ruido y llegan reportes sobre bolsas de basura lanzadas desde el interior hacia las calles cercanas, crece también la indignación entre los residentes. Uno incluso encontró restos sobre su coche hace poco. En esta zona marcada por incendios recientes en contenedores y por el fenómeno creciente de ocupaciones ilegales, es difícil no sentir angustia ante lo inminente.

