El ambiente en la vieja cárcel de Palma se respiraba tenso este martes. «¿Y dónde vamos a ir ahora si nos echan de aquí?», se preguntaban con angustia los okupas, al enterarse por Última Hora que el Ayuntamiento ha comenzado el proceso para desalojar y tapiar este polémico lugar. Este fin de semana, dos incendios que ellos mismos atribuyen a provocaciones han llevado al Ajuntament a acelerar su plan de demolición y la construcción de viviendas en ese espacio, además del nuevo acceso a la Vía de Cintura.
Una comunidad olvidada
Aquí residen unas 400 personas, según afirman Luisa y Vanessa, dos mallorquinas que viven en lo que eran las casas de funcionarios. «Nadie nos ha informado realmente; solo hemos sabido gracias a los periodistas», dicen con frustración mientras preparan sus preguntas para el próximo pleno del Ayuntamiento. Su vida es digna, aunque carecen de luz y agua. «Cuidamos estas casas como si fueran nuestras», comentan.
Entre las ruinas, Ángel, un cordobés con años en la isla, expresa su desconcierto: «¿Dónde quieren que vayamos?». Se siente completamente desamparado por las instituciones después de haber trabajado tanto tiempo. La realidad es cruda: muchos aquí malviven entre basura acumulada y angustias diarias.
A medida que avanza el día, la presión aumenta con controles policiales en la zona. La noticia no ha pasado desapercibida entre los residentes: saben que no se moverán sin una orden judicial. Aún así, están alarmados por cómo estos acontecimientos han tomado velocidad. «Nosotros solo pedimos un lugar donde vivir dignamente», insisten Luisa y Vanessa.
En medio del caos también hay quienes acuden al recinto sin saber lo que está ocurriendo. Trabajadores venezolanos entran al viejo centro penitenciario sorprendidos por las noticias sobre el desalojo. En la parte exterior, jóvenes colombianos manifiestan su desesperación: «¿Qué haremos ahora?». La situación es crítica para todos; nadie parece tener respuestas claras sobre su futuro.
Jaume, un catalán cuyo hogar fue consumido por un incendio hace poco tiempo, comparte su temor: «Si me sacan de aquí no sé dónde iré». Todos parecen coincidir en algo: los servicios sociales están desbordados, y esta comunidad invisible está dejando claro que no cuentan con alternativas viables ante un desalojo inminente.
Las caras preocupadas reflejan una mezcla palpable entre sorpresa e indignación; son seres humanos atrapados entre muros deteriorados y un futuro incierto.
El destino les aguarda mientras gatos vagabundean entre restos y cenizas; una imagen triste pero realista del abandono vivido aquí desde hace años.

