En la calle Miquel Santandreu, en el corazón de la barriada palmesana de Foners, Valentina lleva casi un año enfrentándose a una pesadilla que no parece tener fin. «Llevo casi un año con goteras y humedades y todos se van pasando la pelota», dice con una mezcla de indignación y desilusión que es difícil ignorar.
Todo comenzó en diciembre de 2025, cuando su vecino de arriba tuvo problemas de filtraciones. Con esperanzas renovadas, llamaron a un fontanero que prometió arreglarlo. Pero mientras esperaban a que todo se secara, el agua volvió a caer sobre su hogar. La frustración fue creciendo al comunicarse con el propietario del piso superior, quien, lejos de solucionar el problema, le hizo dar vueltas como si fuera una pelota en un juego sin final.
La cadena de culpas y la falta de acción
«Me remitió a la comunidad», recuerda Valentina, añadiendo que incluso el seguro se presentó para comprobar los daños solo para certificar que había una fuga. Y así fue como empezó a darse cuenta de algo muy preocupante: nadie quería asumir responsabilidad por lo ocurrido. Mientras tanto, ella seguía poniendo cubos bajo las goteras, observando cómo ya pasaban once meses sin solución.
A pesar de las promesas del dueño del piso superior de enviar nuevamente al fontanero, la situación apenas ha cambiado. «El vecino me asegura que lo ha hecho bien, pero ya ha tenido que venir varias veces y todo sigue igual», explica Valentina mientras mira hacia su techo abierto como si fuera un recordatorio constante de su lucha diaria.
El presidente de la comunidad también ha estado al tanto del asunto; prometió avisar al administrador para tomar cartas en el tema. Sin embargo, los días pasan y Valentina siente cómo su voz se desvanece entre promesas vacías: «No me hacen caso. Lo que no puede ser es la dejadez porque nadie comprobó si estaba o no bien arreglado». La realidad es dura y ella espera ansiosamente alguna reacción por parte de quienes podrían ayudarla.

