Hoy, en la Audiencia de Palma, se ha vivido un momento impactante. Miquel Terrassa, un hombre que no podía escapar del peso de su historia familiar, ha sido condenado a cuatro años de cárcel por matar a su hermano Jaume a martillazos en sa Pobla. Todo ocurrió en febrero de 2025, un día que empezó como cualquier otro pero que acabaría en tragedia.
La escena es desgarradora: Jaume, acogiendo a dos amigos en casa y sumido en el mundo oscuro de las drogas, había vuelto a robarle a su madre para conseguir dinero para más cocaína. Su madre, una mujer mayor con deterioro cognitivo, había confiado en él al darle 50 euros para comprar comida. Pero ese día, Miquel llegó y se encontró con una realidad aterradora: su madre en pijama y sin dinero.
El desenlace fatal
En un instante de furia y desesperación, Miquel tomó un martillo del taller donde trabajaba y le propinó varios golpes a su hermano hasta dejarlo tendido en el suelo. En esos momentos cruciales y cargados de tensión, hizo una llamada al 061 diciendo simplemente: «La he liado». Esa frase resuena fuerte: ¿cómo llegamos a esto? ¿Qué monstruo interno se desata ante situaciones límite?
A pesar de los esfuerzos médicos en el hospital Son Espases, Jaume falleció días después debido a las graves lesiones. Un relato trágico que deja muchas preguntas flotando en el aire sobre la violencia familiar y sus devastadoras consecuencias.
La justicia ha hablado hoy con una condena que busca reparar algo imposible: la pérdida irreversible de una vida. Y aunque Miquel fue juzgado por homicidio con atenuantes como la alteración mental y la reparación del daño, lo cierto es que nada podrá devolverle a Jaume ni sanará las heridas familiares.

